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domingo, 8 de diciembre de 2013

Otra perrería más; lo políticamente incorrecto


La segunda suspensión, esta vez sí como prohibición, fue en X’Teresa, Centro de Arte Alternativo. Nos censuraron unos minutos antes, porque íbamos a hace explotar perros con dinamita y a patearlos y a violarlos… pero eran perros ya muertos –─ mejor dicho, perras, tenían las tetas hinchadas y el culo reventado ── y claro había tantas “mujeres de la cultura” allí que se sintieron aludidas. Pero de eso se trataba. El título de la obra era Máquinas Célibes. […] Y la idea ──porque tuvimos que explicar mil veces la idea ──, era revalorizar la violencia natural del ser humano contra la violencia institucionalizada, evidenciar eso de que tienes derecho a ser sometido pero no a golpear… […] Nuestro objetivo era emplazar la violencia de la clonación frente a las dinámicas violentas  de la sexualidad. No lo hicimos, pero hubo tanta prensa que nos insultaron tanto. Fue la performace perfecta.

                                                    Sánchez, O., “SEMEFO: la vida del cadáver.Entrevista”
                                                                     Revista de Occidente, nº 201, 1998, pp.131 - 139

Violencia sobre violencia; es normal que esta yuxtaposición, como señala el colectivo de artistas SEMEFO, haya sido “la performance perfecta”, pues sin si quiera llevarla a cabo, parece efectiva. Y digo parece porque, a pesar de que la provocación esté servida, la espectacularización de la violencia resulta atractivamente peligrosa. Aquí huele un tanto a muerto.

SEMEFO (“Servicio Médico Forense”) es un proyecto colectivo de artistas activistas de los años noventa (Arturo Angulo Gallardo, Juan Luis García Zavaleta, Teresa Margolles y Carlos López)  que encontraron en los desollamientos de animales y prendas de la morgue (casi a modo de santo sudario) un lenguaje acorde a la realidad contemporánea. No se trata de un discurso sobre la violencia o muerte, como parece y usualmente se confunde, sino que versa sobre el cadáver. Sin embargo, el cese de su actividad en 1999, tras nueve años, evidencia el fracaso de este colectivo.

El problema de su trabajo tal vez se inscriba en ese intento  de asemejarse a la violenta realidad por medio de la utilización de la propia realidad, usualmente, a través de actuaciones performáticas; es la yuxtaposición de la que hablaba antes. Podríamos incluso hablar de alegoría: los perros de SEMEFO son una alegoría de la violencia actual y, por tanto, se crea otro nuevo significado en un tercer orden. Y es aquí, en este tercer orden, donde se sitúa esa espectacularización, (inherente a la performance, por otro lado) la que hace todo lo demás. Por tanto, la brutalidad de sus actuaciones no es tanto el problema, si no el cómo las llevan a cabo; es decir, éstas tienden más hacia una confluencia de una realidad sobresaturada, haciendo que, irremediablemente se convierta en espectáculo. Como diría Virilio,“el espectáculo de la abyección es constante”. Y, por tanto, el vínculo realidad-espectáculo se invierte: si de la realidad debiera surgir el espectáculo, SEMEFO hace del espectáculo la realidad, como bien señala Domingo Hernández Sánchez en “La comedia de lo sublime”.

Pero parece obvio que sin espectáculo, no hay provocación; y sin provocación, no hay reacción.  En la entrada de “¿Animalada o Concepto?”  me dedique a aclarar el caso de Vitor Maziel y su obra perruna en cuanto a su coherencia interna, descuidando el evidente carácter reaccionario. Más que descuidando, fue llevado hacia otro punto de vista, en una especie de defensiva justificación. Por ello, tal vez lo más indicado ahora sea visionar la problemática de lo abyecto en cuanto a lo políticamente incorrecto.

En el caso de SEMEFO, existe una pretensión política que en Vitor Mizael no se halla presente, aunque sí es verdad que ha causado polémica ── buscada o no, es discutible. Con Máquinas Célibes, es evidente (y ellos mismos lo señalan) que es algo que se busca. Y se consigue. La performance, como leemos más arriba, ha sido más que suspendida; ha sido prohibida, y todo por considerarse como “políticamente incorrecto, término que describe aquello que podría causar ofensa o ser rechazado por la ortodoxia política o cultural de un determinado grupo”. Sin duda, la sobredimensión de la realidad es, por tanto, una forma de decirle al mundo lo sumamente corrupto que es, y este, ofendido al referirse a él con tanto exceso, decide silenciarlo. Pero es este silencio el que más ruido provoca; al eludido se le llega a ver las orejas de lobo, evidenciándose a sí mismo. Y no es el único caso.

Portando la medalla de lo políticamente incorrecto, pero con otro discurso, Sensation (1997) causo eso, sensación. La inauguración de esta exposición en la Royal Academy de Londres en 1997, generó el fenómenoYoung British Artists, una nueva forma escándalo y marqueting a la batuta del magnate publicitario Charles Saatchi. La unión arte y marqueting, obviamente, dispone un discurso pop; aunque un pop ya agotado. Entre todo el maremoto de obras, sin duda, la más controvertida fue aquella que presentaba a la famosa asesina del pantano, Myra Hindley, que, al modo warholiano pero sin la repetición (para eso estaban los medios de comunicación) inoculaba una celebridad actual popular. Sus dimensiones ayudaron a que la imagen se grabase en la retina, aún hasta hoy, mientras que todas esas pequeñas huellas de manos infantiles reproducen los rasgos de su posible infanticida.  Resulta que los medios de comunicación pueden hacer uso de la imagen hasta la saciedad, casi morbosamente con la excusa de informar mientras que el poder de una imagen, en el arte, todavía sigue evocando una inexorable sensación de que debería seguir ajeno, sin inmiscuirse en lo político.


Miembros de SEMEFO durante el proceso de preparación de Lavatio Corporis (1994)

          Aquí algunos videos de SEMEFO; el primero se trata de la performance El canto del Chivo (1993) y el segundo documenta el proceso de Lavatio corporis (1994):


martes, 22 de octubre de 2013

Gummo

Entre baterías trepidantes y alaridos desgarradores, silencio. Después, un gran repertorio de imágenes insanas agrede al espectador, sin orden ni concierto, dando forma a lo que es, sin lugar a dudas, algo más que una nauseabunda película independiente de serie R.

Gummo (1997) nace como un pseudocumental, siendo la primera cinta de Harmony Korine que se desata de la encorsetada tríada de principio, nudo y desenlace. Alabada y despreciada; más lo último que lo primero, tal vez por esa fascinación perturbada que ejerce sobre el espectador; es el horror delicioso, un asombro de lo horrible que muestra la pesadilla americana en contra de los predecibles finales de ensueño hollywoodienses.

Gummo es ruido, saturación; no solo por la calidad de imagen que ofrece la tecnología analógica, sino también por la atmósfera con la que se muestra la ciudad de Xenia (Ohio), que tras los efectos devastadores de un tornado, jamás logró recuperarse. Abandonados a su suerte, los habitantes, sumidos en una moral enfermiza, se muestran entre tiernos y grotescos; una carrera en bici entre los protagonistas que se adelantan entre sí con cierta parsimonia, revela una inocencia que nada tiene que ver con las verdaderas intenciones de la carrera: cazar gatos para venderlos como carne. Como vemos, salvo esos pequeños y ocasionales despuntes de belleza, las escenas se suceden enrabietadas una detrás de otra: gatos muertos, violencia, enfermedad, pedofilia, prostitución y drogas; todo ello ambientado por una banda sonora que incluye, entre otros hitos de metal, la introspectiva e interminable “Rundtgåing av den Transcendentale Egenhetens Støtte” de Burzum. Obviar los estándares de la narrativa es acertada, pues la historia de la barbarie debe sumirse en el caos.

No obstante, el elemento recurrente del Rabbit Boy (personaje disfrazado con capucha de conejo), es el único que parece crear conexiones con la primera y última escena; el conejo, icono de inocencia, deambula en soledad por las calles, sufriendo las palizas de otros y, al final, muestra a cámara, al espectador, el rostro del gato muerto; la imagen putrefacta de la sociedad moderna.

En este ambiente sórdido, tal vez las escenas que menos grotescas parecen son las que esconden una mayor repulsión; hasta el físico poco agraciado del protagonista (si es que hay un protagonista) resulta fascinantemente desagradable. Pero, sin duda, lo que más llama la atención es el hecho de que los personajes que se describen parecen vivir conformes en su situación; nadie siente la necesidad de sobrepasar los límites; viven y se regocijan en su propia miseria, en una especie de cómica aceptación de su realidad y la consecuente degradación espiritual que conlleva la desesperanza.