Faltan aún unos siglos para entender las
grandes vanguardias de principio de siglo y aún más para entender que la imagen
de un perro muerto es menos impactante que el perro muerto en sí mismo. A esto
se le llama conceptualismo. El conceptualismo, en ocasiones, puede caer en el absurdo más absoluto; se trata de transferir
un concepto que, por limitación de la materia,
resulta fútil; y es que la materia inevitablemente degrada al concepto
debido a su carácter matérico, valga la redundancia. Pero, lejos de abandonarlo, a pesar de sus
limitaciones, se sigue insistiendo. Tomar un objeto de la vida cotidiana y
descontextualizarlo, o lo que es lo mismo, recontextualizarlo, ya era
practicado por Duchamp, considerado el primer conceptual (aunque podemos considerar que Goya o
Velázquez, ya practicaban los prolegómenos de lo que posteriormente
sería conceptual-art)
Este mismo
año, a finales de febrero, en Madrid, se dio el curioso caso que susctitó la primera exposición del artista brasileño, Vitor Mizael, en Europa. Digo
curioso porque, un tema que debería estar superado, sin embargo, no lo está;
como si no hubiera más muerte en la realidad cotidiana, la muestra del artista hirió la sensibilidad de muchos, quienes arrugaron la nariz ante una apología de la muerte que utilizaba "sin venir a cuento" cadáveres de perros. Como no podía ser de otro modo,
se inició la discusión, paseándose de red social en red social con motivo de su
censura; todo escrito estaba de acuerdo en que había
que, como si estuviéramos en plena inquisición, castigar a los artistas herejes
por insensibles, deshumanizados y desalmados; había quien incluso acusaba al artista de asesino.
¿Para qué andar haciendo un perro hiperrealista
pelo por pelo, perder el tiempo en algo que ya la naturaleza "te lo puede
dar"? No es morbo por morbo; no responde a una cuestión de gusto o
salvajada, como queráis llamarlo; responde a una cuestión de concepto. Eso no
quiere decir que el perro, para los más sensibles, haya muerto asesinado por la
cruel alma del artista; no como Habacuc, que se le ocurrió la
"maravillosa" idea dejar morir de hambre a un perro en una
instalación. Pero eso ya es harina de otro costal.
No, de lo que hablamos es de la utilización del cuerpo de un ser que tuvo, en algún momento pasado, alguna relación con la vida, pero que una vez muerto, deja de ser evidente dicha relación. Es una acertada reflexión del tiempo, mucho más efectiva sobre un cuerpo real que sobre la simulación de una muerte. El hiperrealismo conlleva a celebrar y venerar las habilidosas manos del artista, dejando a un lado el propósito del concepto.
Por otro
lado, en museos arqueológicos, cuerpos de momias inundan las paredes, y otros
tantos artistas contemporáneos emplean cuerpos humanos reales como esculturas
impregnadas de formol y barniz, como un museo de los horrores; y está abierto
al público, expuestos en un museo, sin embargo. Eso no quiere decir que el
artista haya asesinado a esas personas como consecución de su obra. Al igual
que con los perros, hay que pensar que los pobres animales han perecido por
cuestiones naturales El hecho de
que sea un animal cercano al ser humano, ya saltan las alarmas. Sin embargo, un
insecto pinchado en un alfiler no sugiere ningún tipo de malestar; ¿es diferente a la taxiermia o a pinchar las coloridas alas
de mariposas en vitrinas?; ¿a caso el tiburón tigre de Damien Hirtst, según
esta lógica, no puede ser considerado como “maltrato animal”? Recordemos que el
artista encargó exclusivamente la pesca del animal que, por cierto, está en
peligro de extinción. No es una cuestión de estética; es una cuestión de eficacia. De todos modos, el arte está para arrojar preguntas y generar discusión. Y desde luego, lo ha logrado.
